Los pasos, en orden:
- Anotá todo lo que entra por mes: sueldo, facturación del estudio, cualquier ingreso extra.
- Anotá tus gastos fijos: alquiler, servicios, transporte, cuotas, todo lo que se repite mes a mes sin variar mucho.
- Sumá los gastos variables: comida, salidas, delivery, compras — todo lo que cambia de mes a mes.
- Agrupalos por categoría: hogar, ocio, salud, deudas. Ahí empezás a ver patrones que a simple vista no se ven.
- Comparás ingresos contra gastos. Si gastás más de lo que entra, ahí está el problema a resolver, no en otro lado.
- Definí un objetivo de ahorro fijo, por chico que sea. No es “lo que sobra” — es una categoría más, como el alquiler.
- Revisalo todos los meses. Un presupuesto que armás una vez y nunca más mirás no sirve de nada.
Una regla simple para arrancar, si no sabés por dónde: la 50/30/20. El 50% de tu ingreso a necesidades, el 30% a gustos, el 20% a ahorro. No es una ley matemática — es un punto de partida razonable que después ajustás a tu realidad.
Herramienta: no hace falta nada sofisticado. Un Excel, un Google Sheets, o una app de finanzas personales alcanza y sobra para arrancar.
Lo que un presupuesto te da, en el fondo, no es control por el control mismo — te da la información que necesitás para decidir con criterio qué hacer con lo que te queda.